Bases Bíblicas
Algún tiempo después, Jesús se fue a la otra orilla del mar de Galilea. Y mucha gente lo seguía, porque veían las señales milagrosas que hacía en los enfermos. Entonces subió Jesús a una colina y se sentó con sus discípulos. Faltaba muy poco tiempo para la fiesta judía de la Pascua. Cuando Jesús alzó la vista y vio una gran multitud que venía hacia él, le dijo a Felipe: "¿Dónde vamos a comprar pan para que coma esta gente?" Esto lo dijo sólo para ponerlo a prueba, porque él ya sabía lo que iba a hacer. "Ni con el salario de ocho meses podríamos comprar suficiente pan para darle un pedazo a cada uno," respondió Felipe. Otro de sus discípulos, Andrés, que era hermano de Simón Pedro, le dijo: "Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?" "Hagan que se sienten todos," ordenó Jesús. En ese lugar había mucha hierba. Así que se sentaron, y los varones adultos eran como cinco mil. Jesús tomó entonces los panes, dio gracias y distribuyó a los que estaban sentados todo lo que quisieron. Lo mismo hizo con los pescados. Una vez que quedaron satisfechos, dijo a sus discípulos: "Recojan los pedazos que sobraron, para que no se desperdicie nada." Así lo hicieron, y con los pedazos de los cinco panes de cebada que les sobraron a los que habían comido, llenaron doce canastas. Al ver la señal que Jesús había realizado, la gente comenzó a decir: "En verdad éste es el profeta, el que ha de venir al mundo." Pero Jesús, dándose cuenta de que querían llevárselo a la fuerza y declararlo rey, se retiró de nuevo a la montaña él solo.
– Juan 6:1-14
La mayoría de los cristianos conocen esta historia bien. Una versión de la historia aparece en cada uno de los evangelios. Como todas las buenas historias, cambia un poco cada vez que se recuenta—a veces da de comer a 5,000 y a veces a 4,000. Algunas versiones hablan de cinco panes y otras tienen siete. Sin embargo, el tema central de la historia es la misma: mientras los discípulos veían las multitudes con hambre, solo sienten la escasez, pero Jesús sabe que lo que tienen es suficiente para dar de comer a las multitudes.
Como cristianos viviendo en una nación de abundancia, frecuentemente nosotros solo vemos la escasez. ¿Creemos de corazón que Dios va a proveer lo que necesitamos aún para que nosotros podamos compartir con otros?
El relato de Juan del milagro de los panes y los peces es el único que incluye al muchacho. El muchacho se preparó mejor que los demás en las multitudes porque él trajo comida. Sin embargo, él la entrega, confiando que Jesús va a hacer lo mejor con ella.
También nosotros debemos seguir el ejemplo del muchacho—no solo confiando en Dios con nuestros recursos, pero también ofreciéndole nuestro poder como ciudadanos de una democracia. Cuando usamos nuestras voces para exigir que el congreso aumente los fondos para programas eficaces que ayudan a países pobres en África, América Latina y otras regiones del mundo, estamos confiando en Dios para hacer cosas milagrosas con nuestras pequeñas acciones.
Mientras leemos la Biblia y este milagro aparece una y otra vez, debe recordarnos que Dios ve la abundancia que ya existe en el mundo. Adaptemos esta visión también. Cuando lo entendamos, la existencia del hambre en el mundo se hará escandalosa. La abundancia debería convencernos de ser aun más persistentes en nuestro trabajo de abogacía—aun más insistentes hasta que podamos asegurar un mundo donde todos tengan para comer.